If we are constantly looking for something, we are, by default, accepting that we don't have it. All our wishes come from things that we want, and for a lot of people life is a continuous search and generation of desires. This same theory applies to our purpose in life, those who are looking for happiness are proclaiming to the world that they are not happy; you cannot run after something that you already possess.
At the same time, we can't cheat ourselves and say that we are happy when we aren't. Big problem that we have. Perhaps one first step to finally put all the pieces together is acceptance, if we are grateful of what we do, of our entire life and learn to love what we have, we are going to be closer to us, to our most essential nature.
But I must say that this is not enough, acceptance implies that we are fine with our surroundings but that we are not its conscious creators, and creation is also part of human nature, I truly believe that we are the cause and consequence of ourselves, we are and have and do what we have built, and we can accept that consciously or not. So instead of just being fine with our situation we can create our situation, but this process is taking us again to the beginning, where we are looking for something that we don't have. The circle, as any other circle, is infinite, in the best scenario it can take us into an upgrading spiral, and for some people that's the path, but it is not for everyone.
We may be trapped in trying to do just so we can be, it worked for a long time but now it's time to change the perspective, and if we can achieve it the consequences are going to be greater than ever. Today's life is not about doing, is about being, and we can be ourselves by doing a lot of things, the magic of it is that you can decide whatever you want. Each one of us wishes for change, a positive change I may add, and we are not going to be successful unless we create our living out of what we are and not of what we do.When you are busy being yourself at the highest level the consequence is going to be you at your highest level, that's the circle we want to ride.
Formas Particulares is about content production, about communication and voices, about development and coherence. This is who I am and that's why I decided to do this. I want a positive change in the world and I'm not going to achieve it by asking you to do something. Change what you do and you'll only be reaching the thinest layer. Be yourself in every possibility and you'll be changing the world forever.
Creación de contenidos inteligentes, responsables y coherentes. Representaciones únicas del mundo a través de los sentidos. Uso de la palabra como estandarte. http://www.formasparticulares.com
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Tiempo/Espacio
El tiempo es nuestra ubicuidad infinita. El espacio es nuestra conciencia de eternidad.
Días en blanco
Una persona quiere escribir y se sienta a esperar un tema; es muy probable que fracase en encontrarlo. Otra persona tiene el tema, la idea llega con lucidez brutal; seguramente no tiene papel ni pluma con que desarrollarse. Esta persona no puede más que intentar traer consigo, siempre, lo necesario para escribir. Quizá de esa manera pueda rescatarse a partir del momento no propicio. El primero, quien contaba con las herramientas y se abandonó por la aparente falta de sustancia, encontró una salida demasiado vulgar.
Pensaba sobre las oportunidades, recordaba una cita que hablaba sobre los días en cuanto a que no existe uno, ya sea de hospital o cárcel, que no esconda al trasluz una variedad de sorpresas. -Apenas comenzaba el día, con sus problemas, pero era un día nuevo y algo escondía-. Aquel que se cansa de vivir guarda semejanzas con ese otro que no tiene nada que escribir. La decisión de crear vida ya sea con actos o palabras debe ser permanente, como el cambio, como nosotros mismos en una libreta.
Pensaba sobre las oportunidades, recordaba una cita que hablaba sobre los días en cuanto a que no existe uno, ya sea de hospital o cárcel, que no esconda al trasluz una variedad de sorpresas. -Apenas comenzaba el día, con sus problemas, pero era un día nuevo y algo escondía-. Aquel que se cansa de vivir guarda semejanzas con ese otro que no tiene nada que escribir. La decisión de crear vida ya sea con actos o palabras debe ser permanente, como el cambio, como nosotros mismos en una libreta.
Sobre los contextos
Sea un gran entorno o una delicada situación, cada lugar y momento guía nuestros pensamientos con suaves matices. Sin saberlo, sin ser totalmente concientes de ello, nuestro trabajo mental está eternamente influido por el contexto.
Contar lo sucedido incluye referirse al comúnmente llamado lugar de los hechos, pero en ocasiones éste se encuentra en cada cabeza; nosotros como universos isla que sujetamos con voluntad cada uno de esos escenarios (matriz de estas y otras palabras, de historias y consecuencias; pequeño pueblo habitado por olores, esencia del pasado instalada en recuerdos; espacios comunes que cambian momentáneamente su personalidad y abrazan; tú, que te hiciste contexto; ese pequeño viaje de placer; hospitales, salas de espera, reencuentro, nuestra despedida en común: a ti, María Elena).
La realidad propia de algo, en cuanto apariencia, se contradice a sí misma, se valora a sí misma. Pensar que la influencia de nuestro contexto existe incluso cuando se desacredita, cuando se piensa que no pensamos, escribir que no se tiene nada que escribir, afirmar que no entendemos, sonreir con lo adverso y aparentar ser alguien; todas absurdas negaciones de la lucidez contextual.
Lucidez como estado de conciencia, conciencia de cada situación, cambio, abandono temporal, despedida como instante, aparente adiós; continuamente hacemos cosas que jamás volveremos a hacer pero nunca pensamos será la última –la definitiva- ocasión. Cada momento tiene su tiempo y su escenario. Cada instante está dotado de valor, incluso aquel que nos da la rutina y es tan poderoso en las situaciones que hubiéramos querido solemnes.
Varios lugares y muchas más situaciones valdrían para ser contadas por separado, su ausencia no es por olvido, cada recuerdo y cada idea está siendo influenciada por la situación específica; la constante formulación de teorías se mimetiza con percepción de los entornos físicos y humanos que por decisión nos envuelven.
No es posible afirmar que ésta sea la mejor manera de ver y entender las cosas, sin embargo, el ser conciente de la realidad, por más aparente que pueda resultar, con todos sus escenarios y personajes, límites, olvidos, hormigas y contextos hace que todo se vea tan bien, realmente tan bien.
Contar lo sucedido incluye referirse al comúnmente llamado lugar de los hechos, pero en ocasiones éste se encuentra en cada cabeza; nosotros como universos isla que sujetamos con voluntad cada uno de esos escenarios (matriz de estas y otras palabras, de historias y consecuencias; pequeño pueblo habitado por olores, esencia del pasado instalada en recuerdos; espacios comunes que cambian momentáneamente su personalidad y abrazan; tú, que te hiciste contexto; ese pequeño viaje de placer; hospitales, salas de espera, reencuentro, nuestra despedida en común: a ti, María Elena).
La realidad propia de algo, en cuanto apariencia, se contradice a sí misma, se valora a sí misma. Pensar que la influencia de nuestro contexto existe incluso cuando se desacredita, cuando se piensa que no pensamos, escribir que no se tiene nada que escribir, afirmar que no entendemos, sonreir con lo adverso y aparentar ser alguien; todas absurdas negaciones de la lucidez contextual.
Lucidez como estado de conciencia, conciencia de cada situación, cambio, abandono temporal, despedida como instante, aparente adiós; continuamente hacemos cosas que jamás volveremos a hacer pero nunca pensamos será la última –la definitiva- ocasión. Cada momento tiene su tiempo y su escenario. Cada instante está dotado de valor, incluso aquel que nos da la rutina y es tan poderoso en las situaciones que hubiéramos querido solemnes.
Varios lugares y muchas más situaciones valdrían para ser contadas por separado, su ausencia no es por olvido, cada recuerdo y cada idea está siendo influenciada por la situación específica; la constante formulación de teorías se mimetiza con percepción de los entornos físicos y humanos que por decisión nos envuelven.
No es posible afirmar que ésta sea la mejor manera de ver y entender las cosas, sin embargo, el ser conciente de la realidad, por más aparente que pueda resultar, con todos sus escenarios y personajes, límites, olvidos, hormigas y contextos hace que todo se vea tan bien, realmente tan bien.
Sobre las quejas
Aún no tengo claro por qué gran parte de los seres humanos piensa continuamente en otro tiempo, manejando su vida entre lo que ya dejó de existir y lo que aún no supera su etapa de idea o posibilidad. Este hecho se relaciona directamente con la gran cantidad de quejas que se escuchan hoy en día.
Es claro que vivimos en el presente, esto no se puede cambiar, el problema de quien se queja es nunca estar concientes de la actualidad, del momento. Todo lo que hacen está diseñado para tener una consecuencia sobre la cual recae su estado emocional, pero la llegada de este porvenir acarrea nuevos objetivos a trabajar y nuevas alegrías futuras, perdiéndose gran parte de las presentes. Así las cosas, nunca podrán estar completamente satisfechos. La otra opción para no disfrutar el ahora es todavía más frustrante y sencilla: darse cuenta de que esperando, las ideas y expectativas cambiaron, que eso que ahora llega nos hubiera agradado en el momento en que pensamos conseguirlo y no ahora que lo tenemos, ahora queremos otra cosa. La ambición es parte importante de nuestra naturaleza, gracias a ella se han sucedido los mayores cambios evolutivos —mentales y físicos—; no podemos culparla por la ausencia de calma.
Esto es con respecto al futuro y la expectativa que contiene, el caso del pasado y las decisiones que en él se tomaron —hablamos del otro delgado borde por el cual caminamos haciendo gala de equilibrio, arriesgando a cada paso la caída—, es distinto y parece un esfuerzo personal por quitarnos la satisfacción de encima. Pongamos un ejemplo en el deporte. Hablamos de un equipo de futbol que tras una larga temporada consigue ganar su particular liga, obviamente existirá un festejo, pero este es atribuido por jugadores y cuerpo técnico al tiempo de entrenamiento, a la decisión de plantear de tal o cual manera las alineaciones, a cada jugada en específico del último partido y quizá alguno de los anteriores (situaciones, todas, en las que se pensó en el futuro), entre la infinidad de variantes que influyeron en el resultado final. Es aquí cuando la alegría del presente se disfruta por lo que ya se hizo, por lo que ya no se puede cambiar ni volver a disfrutar, por el valor que tuvo en aquel entonces, en su pasado, haciendo pensar el festejo como una simple consecuencia que se podría haber dosificado con cada uno de los esfuerzos pasados y por tanto el ahora se alegra por lo sucedido y no por el instante; situación idéntica en casos contrarios, cuando la felicidad es amarga.
Podríamos hablar de esto como una catarsis positiva, como algo bueno, pero no deja de ser una muestra de que el presente vive a la sombra de lo que no existe.
El presente ensombrecido se sobrelleva con relativa calma, superándolo con esfuerzos y planificaciones, este grupo de personas que justifica tanto alegrías como decepciones, tristezas y satisfacciones en las cosas que en su ahora no tienen pertenencia, se siente generalmente cómodo con el poco interés que le brinda al momento, sin prestarle atención encuentra respuestas a su estado anímico en las situaciones de otros tiempos, pero cuando hay algo que lo tiene intranquilo, cuando se presenta algo para lo que no tiene explicación basado en su experiencia, que no alcanza a entender (como son la gran mayoría de las cosas que nos suceden en el mundo, empezando por la religión), se desentiende de su responsabilidad en el camino a un estado de ánimo y busca responsables en otras cosas, animadas, racionales, etéreas, solidas y cuales quieran alejadas de él mismo. Algunos hombres aún consideran la tierra el centro del universo, en todas sus proporciones.
Esta culpabilidad puede o no ser asignada, pero siempre involucra un tono de imposibilidad para hacer algo al respecto y una molestia que no tenían planificada y por tanto no saben como reaccionar ante ella. Es una molestia que los involucra únicamente con el presente al que son tan desconocidos, pero a pesar de lo sorpresiva que pueda ser esta sensación, necesitan de una reacción que los ayude emocional y racionalmente a equilibrarse y sentir que ya todo está en sus manos.
Pero arreglar algo desconocido es complicado, es mucho más sencillo encontrar culpables. Culpables sobre los que —en ocasiones— no se puede hacer justicia con propia mano y que —la mayoría del tiempo— no tienen el suficiente interés como para generar un nuevo esfuerzo, dejando así una opción sencilla y despilfarradora: la queja.
Quejarse para solucionar las cosas no suele ser lo más eficaz, es de hecho contraproducente, puesto que el hecho de quejarte, como medio de expresión que es, te hace conciente del momento y de la totalidad conocida sobre aquel suceso que te crea el malestar, convenciéndote así de que no estás cómodo con lo acontecido y por tanto llevas tu malestar —que tranquilamente se puede convertir en ira, la experiencia lo confirma— a su máxima expresión, cegando de esta manera tu capacidad de análisis y aplazando aún más ese momento en que, pensando con calma, te vas a dar cuenta de qué pocos resultados obtuviste con tu queja, de que el problema tampoco era tan grave y que el tiempo de solucionarlo lo perdiste con la expresión irracional de tus inconformidades y con algo que no existe más que en su forma de recuerdo o posibilidad.
Es un hecho que nos vamos a seguir quejando, esta práctica es común rutina, una costumbre que sería inútil pedir abandonar, por ello, lo único que pido es que seamos totalmente concientes de nuestras inconformidades, sus medios y sus esperanzas, saber qué se quiere crear.
Es claro que vivimos en el presente, esto no se puede cambiar, el problema de quien se queja es nunca estar concientes de la actualidad, del momento. Todo lo que hacen está diseñado para tener una consecuencia sobre la cual recae su estado emocional, pero la llegada de este porvenir acarrea nuevos objetivos a trabajar y nuevas alegrías futuras, perdiéndose gran parte de las presentes. Así las cosas, nunca podrán estar completamente satisfechos. La otra opción para no disfrutar el ahora es todavía más frustrante y sencilla: darse cuenta de que esperando, las ideas y expectativas cambiaron, que eso que ahora llega nos hubiera agradado en el momento en que pensamos conseguirlo y no ahora que lo tenemos, ahora queremos otra cosa. La ambición es parte importante de nuestra naturaleza, gracias a ella se han sucedido los mayores cambios evolutivos —mentales y físicos—; no podemos culparla por la ausencia de calma.
Esto es con respecto al futuro y la expectativa que contiene, el caso del pasado y las decisiones que en él se tomaron —hablamos del otro delgado borde por el cual caminamos haciendo gala de equilibrio, arriesgando a cada paso la caída—, es distinto y parece un esfuerzo personal por quitarnos la satisfacción de encima. Pongamos un ejemplo en el deporte. Hablamos de un equipo de futbol que tras una larga temporada consigue ganar su particular liga, obviamente existirá un festejo, pero este es atribuido por jugadores y cuerpo técnico al tiempo de entrenamiento, a la decisión de plantear de tal o cual manera las alineaciones, a cada jugada en específico del último partido y quizá alguno de los anteriores (situaciones, todas, en las que se pensó en el futuro), entre la infinidad de variantes que influyeron en el resultado final. Es aquí cuando la alegría del presente se disfruta por lo que ya se hizo, por lo que ya no se puede cambiar ni volver a disfrutar, por el valor que tuvo en aquel entonces, en su pasado, haciendo pensar el festejo como una simple consecuencia que se podría haber dosificado con cada uno de los esfuerzos pasados y por tanto el ahora se alegra por lo sucedido y no por el instante; situación idéntica en casos contrarios, cuando la felicidad es amarga.
Podríamos hablar de esto como una catarsis positiva, como algo bueno, pero no deja de ser una muestra de que el presente vive a la sombra de lo que no existe.
El presente ensombrecido se sobrelleva con relativa calma, superándolo con esfuerzos y planificaciones, este grupo de personas que justifica tanto alegrías como decepciones, tristezas y satisfacciones en las cosas que en su ahora no tienen pertenencia, se siente generalmente cómodo con el poco interés que le brinda al momento, sin prestarle atención encuentra respuestas a su estado anímico en las situaciones de otros tiempos, pero cuando hay algo que lo tiene intranquilo, cuando se presenta algo para lo que no tiene explicación basado en su experiencia, que no alcanza a entender (como son la gran mayoría de las cosas que nos suceden en el mundo, empezando por la religión), se desentiende de su responsabilidad en el camino a un estado de ánimo y busca responsables en otras cosas, animadas, racionales, etéreas, solidas y cuales quieran alejadas de él mismo. Algunos hombres aún consideran la tierra el centro del universo, en todas sus proporciones.
Esta culpabilidad puede o no ser asignada, pero siempre involucra un tono de imposibilidad para hacer algo al respecto y una molestia que no tenían planificada y por tanto no saben como reaccionar ante ella. Es una molestia que los involucra únicamente con el presente al que son tan desconocidos, pero a pesar de lo sorpresiva que pueda ser esta sensación, necesitan de una reacción que los ayude emocional y racionalmente a equilibrarse y sentir que ya todo está en sus manos.
Pero arreglar algo desconocido es complicado, es mucho más sencillo encontrar culpables. Culpables sobre los que —en ocasiones— no se puede hacer justicia con propia mano y que —la mayoría del tiempo— no tienen el suficiente interés como para generar un nuevo esfuerzo, dejando así una opción sencilla y despilfarradora: la queja.
Quejarse para solucionar las cosas no suele ser lo más eficaz, es de hecho contraproducente, puesto que el hecho de quejarte, como medio de expresión que es, te hace conciente del momento y de la totalidad conocida sobre aquel suceso que te crea el malestar, convenciéndote así de que no estás cómodo con lo acontecido y por tanto llevas tu malestar —que tranquilamente se puede convertir en ira, la experiencia lo confirma— a su máxima expresión, cegando de esta manera tu capacidad de análisis y aplazando aún más ese momento en que, pensando con calma, te vas a dar cuenta de qué pocos resultados obtuviste con tu queja, de que el problema tampoco era tan grave y que el tiempo de solucionarlo lo perdiste con la expresión irracional de tus inconformidades y con algo que no existe más que en su forma de recuerdo o posibilidad.
Es un hecho que nos vamos a seguir quejando, esta práctica es común rutina, una costumbre que sería inútil pedir abandonar, por ello, lo único que pido es que seamos totalmente concientes de nuestras inconformidades, sus medios y sus esperanzas, saber qué se quiere crear.
Sobre el hubiera
Una palabra inmortalizada por una frase trillada. Por más que materialmente nos sea imposible alcanzar un pasado donde el hubiera aún tuviera realización, éste adquiere vida impulsado por nuestras preocupaciones y deseos de cambiar el presente. Las consecuencias del hubiera no tienen reflejo en nuestra realidad física, sino que se desarrollan, con vida propia, en la mente.
Negar sus repentinas apariciones resulta un tanto absurdo, es seguro que regresará cada vez más fuerte, alimentado por su repetición y por el pasado personal que crece a expensas de un futuro cada vez más cercano al fin de las posibilidades.
Una de las características más humanas es la aspiración, confundida en ocasiones con inconformidad e impulso a querer arreglarnos desde el pasado con una frase imposible. Pero si lo pensamos detenidamente y reflexionamos un poco acerca de la virtud de aspirar, encontraríamos que en caso de existir un hubieramometro -profunda y esencial razón para crear una máquina del tiempo-, capaz de darnos la oportunidad de hacer las cosas por segunda vez a un mismo tiempo, nuevas aspiraciones surgirían y otros errores saldrían de su sombra y así sucesivamente hasta que nuestro invento resultara inútil y fuera necesario inventar otro que nos privara de pasado, es decir, de recuerdo.
Es realidad que el hubiera existe, que molesta y que no se puede arreglar. En lugar de lamentarnos continuamente por las dudas del pasado -pues es imposible saber los resultados de un cambio inexistente-, debemos pensar en el aprendizaje del tiempo, en ser impecables y no dejar lugar al arrepentimiento, conscientes de que el hubiera nos va a acompañar hasta el último de los días, convivir con él y recordar que el hubiera: existe.
Negar sus repentinas apariciones resulta un tanto absurdo, es seguro que regresará cada vez más fuerte, alimentado por su repetición y por el pasado personal que crece a expensas de un futuro cada vez más cercano al fin de las posibilidades.
Una de las características más humanas es la aspiración, confundida en ocasiones con inconformidad e impulso a querer arreglarnos desde el pasado con una frase imposible. Pero si lo pensamos detenidamente y reflexionamos un poco acerca de la virtud de aspirar, encontraríamos que en caso de existir un hubieramometro -profunda y esencial razón para crear una máquina del tiempo-, capaz de darnos la oportunidad de hacer las cosas por segunda vez a un mismo tiempo, nuevas aspiraciones surgirían y otros errores saldrían de su sombra y así sucesivamente hasta que nuestro invento resultara inútil y fuera necesario inventar otro que nos privara de pasado, es decir, de recuerdo.
Es realidad que el hubiera existe, que molesta y que no se puede arreglar. En lugar de lamentarnos continuamente por las dudas del pasado -pues es imposible saber los resultados de un cambio inexistente-, debemos pensar en el aprendizaje del tiempo, en ser impecables y no dejar lugar al arrepentimiento, conscientes de que el hubiera nos va a acompañar hasta el último de los días, convivir con él y recordar que el hubiera: existe.
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